SE LLAMABA MANUEL
FERNANDEZ CORREAS, VICTOR
Editorial: VERSATIL
EDICIONES
Colección: NARRATIVA
Materias: NARRATIVA
AUTORES ESPAÑOLES;
ISBN: 978-84-17451-06-6
EAN: 9788417451066
Precio: 18.17 €
Precio con IVA: 18.90
€
Nunca hemos tenido bastante. Es la primera ocurrencia que
nos abarca cuando hemos leído “Se llamaba Manuel”. La España del año cincuenta
y tres no difiere en nada de la España del año dos mil dieciocho. Si uno
tuviera el tiempo suficiente seguro que encontraba a los personajes de la novela
transmutados en personas reales. Sólo se debe buscar a ese General y a ese
teniente, porque a Manuel y al comisario de policía ya se los presento yo. En
España es curioso, hemos vivido históricamente todo lo que hemos vivido, pero
nos encanta volverlo a repetir, nunca hemos tenido ni suficiente guerra ni
suficiente sangre ni suficiente venganza ni suficiente clandestinidad. Nunca
hemos tenido bastante. No nos importa repetir lo vivido, aunque sea en la
manera de una parodia y más si es parodia. Somos un país morcillero: pero esto
ya lo dijo Ángel González y quizá hasta lo cantaron melodiosamente los Nikis;
“nuestros nietos se merecen que la historia se repita varias veces”.
La doble vida, España siempre ha sido un país de la doblez,
como esencia fundamental. Nadie hay en este país que no tenga su vida normal y
su vida real. En España existe la normalidad, lo que todos mostramos al resto;
y la realidad, aquello que hacemos sin que nadie lo sepa. Esta doble vida se
publicita desde el fingimiento, como Ugarte, la impostura afectada del general
Malo, la falsedad aparentada del teniente, la gatería del inspector segundo de
policía, los artificios de disimulo de Manuel, y así, podríamos seguir
desgranando a cada uno de los personajes o de las personas que nos rodean en
este instante o nosotros mismos. La doble vida que nos conduce directamente a
la hipocresía. Esa doble vida que se cose sobre sí misma formando el doblez,
propio de las modistas, labor de la madre de Manuel. No es de extrañar que
España le gustara a Hemmingway, ya que literalmente su apellido significa el
camino de la doblez, y ese es el camino de España.
Víctor Fernández Correas no crea personajes ad hoc sino que
nos oferta arquetipos, que como sabéis van más allá de los esteriotipos, porque se erigen en ofertarse como elementos de
moralidad. E inmoralidad. Es lo que tiene el arquetipo, que vale para un
Aquiles y un París, para Edipo y su Madre, para Uriarte y Suárez, para Manuel y
para Saavedra. La lectura se da a sí misma la amenidad de esa arquetipicalidad que asume y se hace un
Erase una vez que se era, un rápido cuento que nos obliga a asumirlo. Nuestra
España, a la manera de Malo, nunca ha aceptado la arquetipicalidad, ha preferido siempre ritualizarlos en plazas de toros y campos de batalla, en
monasterios conspirativos o en búsquedas febriles de lo inexistente.
La novela de Víctor es desgarradoramente cierta, y nos lleva
por la ciudad del doblez, la de la sombra, el Madrid real, porque el verdadero
ya lo conocemos todos por la historia. Víctor abandona la historia y se sumerge
en el lado subterráneo del mundo, de los personajes que se encuentra en estas
calles de esquinas dobladas pasos dobles dados por doquier por todos ellos.
No existen hombres inocentes, todos tenemos la memoria
manchada de sangre y delación, y esta es la segunda verdad que nos hace
concluir la novela. Ni siquiera es inocente quien cose los dobleces de la vida,
que se negó a ver la verdad que le rodeaba, y la deja hacer. Esa vieja con su
nueva máquina de coser sabe que hay horas en la vida en que ser decente no sólo
es improcedente sino ilegal. Esa vieja que es la “cosementera” de la verdad.
Se llamaba Manuel, a secas es una novela que nos impregna de
conocimiento, de la realidad y sus dobleces. Debéis leerla. No lo dudéis. Es
una de esas novelas que pasarán al cúmulo del consciente colectivo.
Comentarios
Publicar un comentario